LA IGLESIA CATÓLICA CRITICADA
Al terminar la lectura de El Código Da Vinci, te quedas con una imagen concreta, y no muy halagadora, de la Iglesia Católica Romana.
De vez en cuando, la novela trata de cubrirse las espaldas afirmando que la Iglesia católica moderna no se implicaría en hechos tan viles, porque, ¡caramba!, ha hecho mucho bien, a pesar de que ha hecho mucho mal. Y, además, al final se demuestra que los malos chicos católicos no eran tan malos chicos después de todo (excepto por los asesinatos), sino víctimas de las estratagemas de Teabing, al que descubrimos como el misterioso «Maestro» que pone a todo el mundo contra las cuerdas.
Sin embargo, nada de todo ello puede rebajar el resultado global de la novela, en la que la Iglesia católica aparece como una institución monolítica y férreamente controlada, dedicada a propagar una ficción a un mundo que anhela ser libre.
Esta imagen de la Iglesia católica no está ausente en la cultura popular ni se limita a la historia reciente. No hay más que acudir a la rica propaganda anticatólica, gráfica y verbal, del siglo XIX en América. Las mismas cosas, solo que en un lenguaje más florido y con una dureza más descarada cuando se dirigen contra el odiado clero.
Esta es la imagen que recorre El Código Da Vinci, y más vívidamente en su descripción del Opus Dei.
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