El Opus Dei y el Código da Vinci

Parece como si el Opus Dei hubiera sido elegido en estos días para desempeñar en la cultura contemporánea el papel que la Compañía de Jesús representó durante siglos: el de un grupo férreamente organizado, controlado directamente por el Vaticano, que se ha infiltrado en las instituciones civiles con objeto de obtener poder y hacer... algo.

Los jesuitas, fundados por san Ignacio de Loyola en 1534 como una orden misionera y de enseñanza, se hicieron tan enormemente sospechosos que fueron expulsados de distintos países de Europa a finales del siglo XVIII, e incluso disueltos por el Papa en ciertas zonas desde 1773 a 1814. Sus supuestos hechos tenebrosos fueron destacados en la literatura anticatólica por fuentes seculares y protestantes, e incluso hoy, el término «jesuítico» puede parecer peyorativo.

En ese sentido, el Opus Dei, cierta y desgraciadamente, ha reemplazado a la orden jesuita en sectores descreídos de la imaginación popular como un símbolo de secreteo y ocultación.

Ahora bien, ciertas personas manifiestan haber tenido una experiencia negativa con el Opus Dei. Hablan de sentirse manipuladas y excesivamente controladas desde el primer momento. Para obtener un cuadro completo del Opus Dei quizá podría ser importante escuchar a esas personas y tomar en serio sus relatos. Pero lo sorprendente es que las únicas fuentes que Brown emplea para describir al Opus Dei en El Código Da Vinci procedan de declaraciones negativas y decepcionadas. Este es solamente un aspecto de la historia, un aspecto que podría ser importante, pero solamente uno.

En El Código Da Vinci, Brown ofrece algunos datos reales sobre el Opus Dei. Sí; tiene una amplia y relativamente nueva sede en la ciudad de Nueva York. Sí; sus miembros viven una vida de piedad tradicional. Sí; es una prelatura personal (enseguida lo explicaremos).

Y sí; algunos miembros practican la mortificación corporal.

Y eso es todo.