¿Se inventa Dan Brown sobre la Biblia?

Ahora bien, ciertamente hubo otros libros que circulaban entre las comunidades cristianas e incluso, se usaban en la liturgia. Textos instructivos como Didache y El Pastor de Hermas. Hubo cartas de otros apóstoles o de los que estaban unidos a ellos. La Primera Carta de Clemente, escrita alrededor del 96 d.C. desde la Iglesia de Roma a la Iglesia de Corinto, estuvo ampliamente difundida, especialmente en Egipto y en Siria. Incluso hubo otros textos que con el título de «evangelios» emplearon varias comunidades cristianas: por ejemplo, un Evangelio de los Hebreos, un Evangelio de los Egipcios y un Evangelio de Pedro.
¿Por qué no figuran hoy en nuestro Nuevo Testamento?
Existen razones que es preciso aclarar aquí frente a esas otras que no tienen nada que ver con las maquinaciones políticas que sugiere Brown, ni nada que ver con el Concilio de Nicea o de Constantinopla. Es también importante señalar que los textos gnósticos en los que Brown centra su teoría nunca fueron considerados canónicos excepto por los autores gnósticos que los escribieron.
Como sucede en muchas ocasiones a lo largo de la historia del cristianismo, el motivo para determinar qué libros eran aceptables para su uso en el culto fue la respuesta de la Iglesia a un desafío.
Canon: De una palabra griega que significa «regla», es el grupo de libros reconocido por la Iglesia como inspirados por Dios y autorizados para ser empleados por toda la Iglesia.
El desafío se produjo a mediados del siglo II y tomó dos direcciones: la del movimiento que trataba de reducir drásticamente el número de libros reconocidos como Sagrada Escritura, y la del movimiento que trataba de añadir otros libros.
El primer tipo de oposición procedía de un hombre llamado Marción. Marción, hijo de un obispo que, por cierto lo excomulgó, organizó un movimiento en Roma a favor de sus creencias que, entre otros puntos rechazaba al Dios que describe el Antiguo Testamento. Enseñaba que las únicas Escrituras válidas para los cristianos eran solo diez cartas de San Pablo y una versión corregida del Evangelio de Lucas.
Puede resultar sorprendente el hecho de que Marción fuera hijo de un obispo, especialmente por la afirmación de Brown sobre la enemistad del cristianismo primitivo hacia el matrimonio y la sexualidad. En la cristiandad oriental, tanto católicos como ortodoxos pueden casarse. Esta tradición se remonta a la antigüedad. Por ejemplo, san Patricio de Irlanda era hijo de un diácono y nieto de un sacerdote.
El segundo tipo de oposición partió de los gnósticos, ya estudiados en el capítulo anterior, y de otra herejía llamada montanismo. Tales versiones del cristianismo tenían sus propios libros, como hemos visto, y la pregunta surge inmediatamente: ¿Qué lugar ocupan? ¿Representan un conocimiento válido de Jesús?
La presión venía por ambos lados: Marción deseaba eliminar libros; los gnósticos exigían la misma autoridad para los suyos. Obviamente, era necesaria una definición.
Lo primero, pongamos en claro un punto. La necesidad de la definición no surgió porque las personas que estaban en el poder sintieran amenazada su posición. Durante ese período, el cristianismo era una minoría religiosa, perseguida periódicamente por las autoridades romanas, y cuyos seguidores arriesgaban mucho –incluidas sus vidas– para ser fieles a la fe en Cristo. Permanecer fiel al Evangelio no era beneficioso. Si acaso, era todo lo contrario.
No; la necesidad de la definición nació por la gravedad de las consecuencias de aceptar tanto las ideas de Marción como la idea gnóstica de Cristo. Ambas, cada una por su lado, ofrecían una explicación distinta que rebajaba la persona de Jesús y su enseñanza. Ambas separaban tajantemente al cristianismo de sus raíces judías, y en especial el gnosticismo despojaba a Jesús de su humanidad. Ningún relato gnóstico-cristiano incluye la Pasión y Muerte de Jesús. Ambas presentaban una imagen de Jesús profundamente ajena a los recuerdos que los primeros cristianos guardaban de Él, recuerdos que están documentados en los cuatro Evangelios, en Pablo y en la vida de la Iglesia que iba desarrollándose.
En respuesta a estos desafíos, los líderes cristianos empezaron a definir con mayor claridad los libros apropiados para su uso en las Iglesias cristianas en la liturgia y en la catequesis. Durante un par de siglos, esto se hizo a través de estudios en común y de las definiciones de cada obispo. Los Evangelios y las cartas paulinas eran el núcleo comúnmente aceptado. Algunos obispos, especialmente los de Occidente, pensaban que la carta a los Hebreos no era aceptable, y algunos obispos orientales no estaban seguros sobre el Apocalipsis o Libro de la Revelación.
Sin embargo, las dudas no versaban sobre el mérito espiritual de esos libros. Las dudas estaban siempre relacionadas con la calidad implícita de este proceso desde el principio: ¿Qué libros encarnaban mejor quién era y es Jesús para toda la Iglesia? ¿Proceden esos libros de la época de los apóstoles? ¿Coinciden los Evangelios lo que nos dicen de Jesús? ¿Son edificantes para el conjunto de la Iglesia o tienen un interés más local?
No; a lo mejor estáis pensando que discutían sobre: ¿No contendrán una historia secreta sobre Jesús y María Magdalena que debemos ocultar al mundo?». No. Ese no parecía ser el problema.
Con el tiempo, cuando el cristianismo estuvo más asentado, y desaparecida la amenaza de la persecución, los líderes cristianos fueron capaces de reunirse y tomar decisiones para una Iglesia más extensa. El Concilio de Laodicea, alrededor del 363 d.C., confirmó la enseñanza y los usos seculares de la Iglesia por medio de una lista de libros canónicos que incluían todos los que conocemos, excepto el Apocalipsis. En el 393, un concilio reunido en Hipona, en el norte de África, estableció el Canon –incluyendo el Apocalipsis–, tal y como lo conocemos hoy, y declaró que aquellos libros eran los libros que debían leerse en los templos en voz alta y añadiendo, y es importante apuntarlo, que en el día de la fiesta de los mártires, también debía leerse el relato del padecimiento y muerte del mártir. Esto era varios años después del decreto de Constantino.
Resumiendo: repasemos el proceso una vez más: Los apóstoles y otros discípulos fueron testigos de la predicación de Jesús, de su ministerio, de sus milagros, de sus padecimientos, de su muerte y de su resurrección. Guardaron lo que habían visto y oído y lo transmitieron. Desde su aparición, los primeros textos escritos fueron constantemente comparados con la antigua historia relatada por los primeros testigos. Finalmente, frente a las nuevas enseñanzas surgidas en directa contradicción con los antiguos testimonios, los líderes de la Iglesia declararon que, por estar ligados a los apóstoles y coincidir con los antiguos testimonios, estos libros son los apropiados para el uso en el culto y para transmitir la fe en Jesús.
No hay secreto, podemos añadir. No hay unos conocimientos ocultos que los obispos hayan ido pasando de mano en mano por orden del emperador Constantino. El proceso estaba ahí, a la vista, desde los testimonios originales hasta la gradual definición del canon.
Y no fueron suprimidos miles de relatos sobre Jesús, ni tampoco ochenta evangelios. En una novela, quizá, pero no en la realidad.