¿Qué dice El Código da Vinci de la Biblia?
En El Código Da Vinci, el erudito Teabing deja aparentemente atónita a Sophie cuando le anuncia: «La Biblia no nos llegó impuesta desde el cielo» (p. 287). Se supone que esta es una noticia sorprendente, con la que contrasta su relato de lo que «sucedió en realidad».
La consecuencia es que, si la Biblia realmente no nos cayó de las nubes completa, acabada y con un útil índice de materias escrito por Dios, la única alternativa que nos queda es pensar que la formación de la Escritura fue un proceso en el cual pasajes igualmente válidos de la vida de Jesús fueron aceptados o descartados por gentes movidas por el deseo de poder.
Pues bien: sencillamente, eso no sucedió.
Podéis estar seguros de que el proceso –el establecimiento del Canon de la Sagrada Escritura– no es secreto. Uno puede sacar un libro de la biblioteca y enterarse de toda la historia en cuestión de minutos. Y sobre todo, la participación humana no disminuye la santidad de los libros.
Después de todo, Jesús no nos dejó una Biblia cuando subió al cielo. Dejó una Iglesia: los apóstoles, María su madre, y otros discípulos entre los que había hombres y mujeres. Tan esencial como es la Biblia para los cristianos como fundamento y fuente segura de la revelación, es importante destacar que durante aquellas primeras décadas, los cristianos vivían, aprendían y rezaban sin el Nuevo Testamento. Habían recibido la fe por reflejo del Antiguo Testamento y por medio de la enseñanza oral, esa fe enraizó con el testimonio de los apóstoles; y esta fe fue moldeada y alimentada a través de sus encuentros con el Señor vivo en el bautismo, en la Cena del Señor, en el perdón de los pecados y en la vida compartida con otros cristianos.
Y no por otro camino que el de esta iglesia llegaron los libros del Nuevo Testamento: el testimonio escrito finalmente por los testigos de Jesús, cribado y concreto.
¿No llegó un fax del cielo? No hay problema. Quizá fue una gran noticia para la pobre Sophie, pero no es una novedad para nosotros.
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