Historias de El Código da Vinci sobre los Evangelios:

Desde los primeros inicios, algunos textos cristianos fueron valorados por encima de otros.
Y lo fueron por varias razones: tenían su origen en la primera época apostólica; conservaban con exactitud las palabras y los hechos de Jesús; podían emplearse en la liturgia, la predicación y la enseñanza para comunicar fielmente la fe en Jesús a toda la comunidad cristiana.
Por favor, advierte la ausencia de «referencias al sagrado femenino» o de «injurias al poder de las mujeres» en la lista.
De todos modos, hacia la segunda mitad del siglo II, los cristianos ya se habían afianzado en lo que llegaría a llamarse «la regla de la fe»: dos importantes conjuntos de escritos: los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y las Cartas de Pablo.
¿Cómo sabemos que aquellos trabajos fueron los seleccionados? Porque se leían en el culto y aparecen referencias a ellos en los escritos de los Padres cristianos que han llegado hasta nosotros.
Es realmente importante apuntar que a pesar de lo que dice Brown, no había ochenta evangelios en circulación. De hecho, ese número carece absolutamente de base.
Seguramente existieron otros evangelios junto a los cuatro de nuestro Nuevo Testamento. Lucas lo indica claramente al comienzo del suyo:
«Ya que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han cumplido entre nosotros... me pareció también a mí, después de haber estudiado todas las cosas con exactitud desde los orígenes, escribírtelo por su orden, distinguido Teófilo, para que conozcas la firmeza de las enseñanzas que has recibido».
«Evangelio» significa literalmente «buena nueva». El Evangelio es la Buena Nueva de nuestra salvación por medio de Jesucristo. Los Evangelios son relatos escritos de esa Buena Nueva.
Los expertos creen que el conjunto de los dichos y enseñanzas de Jesús sirvió de fuente a los Evangelios, y que hubo unos pocos –El Evangelio de Pedro, El Evangelio de los Egipcios y El Evangelio de los Hebreos– que tuvieron un uso muy limitado.
El hecho es que, incluso ya a mediados del siglo II, los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron las fuentes primitivas que usaron los primeros cristianos para difundir la historia de Jesús a través de la enseñanza y el culto.
Igualmente interesante es otra clase de escritos que mucho antes de que fueran escritos los Evangelios, leía la comunidad cristiana durante el culto: las cartas de Pablo.
Es cierto. Los primeros libros escritos del Nuevo Testamento fueron las cartas de Pablo, quizá la 1 Tesalonicenses, escrita aproximadamente en el año 50 d.C. Pablo se convirtió en seguidor de Cristo dos o tres años después de la muerte y resurrección de Jesús, y pasó el resto de su vida viajando, creando comunidades cristianas a lo largo de todo el Mediterráneo y como sabemos, murió mártir en Roma. Escribió numerosas cartas a las comunidades que había fundado y posteriormente, aquellas comunidades empezaron a hacer copias de las cartas y a enviarlas a otros cristianos. De hecho, la colección de cartas de Pablo circulaba ya entre ellos al final del siglo I.
En la novela, Teabing describe un «legendario Documento Q», de la enseñanza de Jesús, escrito quizá por su propia mano, cuya existencia admite incluso el Vaticano. La verdad sobre «Q», no es tan sorprendente. Existe una gran cantidad de material que comparten Mateo y Lucas, no Marcos. La hipótesis de los expertos sugiere que podrían haber empleado una fuente documental común, llamada «Q», por quelle, la palabra alemana para «fuente». El Vaticano –junto con otras muchas personas– está completamente de acuerdo con su posible existencia. Ahora, volvamos atrás y veamos hasta dónde hemos llegado.
Desde muy pronto, los relatos de la vida de Jesús –que con el tiempo fueron reunidos en los cuatro Evangelios que hoy tenemos–, circulaban entre los cristianos, que los consideraban un relato fiel de la vida del Cristo vivo y un auténtico punto de encuentro con Él. También estaban difundidas las cartas de Pablo, que se usaban para el culto, junto a textos del Antiguo Testamento. Los escritores cristianos los citan con frecuencia. La historia que nos transmiten de Jesús –como Aquel a quien Dios envió para reconciliar al mundo, que padeció, murió y resucitó, y ahora reina como Dios y Señor– fue la historia que moldeó el pensamiento, el culto y la vida de los primeros cristianos.
Hablando con propiedad, no existieron «miles», de documentos que «informaran de Su vida como hombre mortal», ni existieron otros ochenta evangelios que, como dice un personaje de la novela, a partir de los cuales se eligiera solo algunos, como si se tratara de un conjunto de códices y pergaminos en la mesa de reunión de un consejo de administración. De eso estamos completamente seguros.
Volviendo a los Evangelios (que es nuestro asunto principal), no cabe duda de que los que hoy tenemos fueron considerados como normativos por la comunidad cristiana a mediados del siglo II. Escritores cristianos como Justino el Mártir, Tertuliano e Ireneo –que escribieron y enseñaron en su tiempo en Roma, África del Norte y Lyon (en lo que ahora es Francia), respectivamente– se refieren a los cuatro Evangelios que conocemos ahora como las primeras fuentes de información sobre Jesús.
Sencillamente, Constantino no lo hizo.